lunes, 5 de octubre de 2009

Del sentimiento trágico de la vida

“¿Y qué ha dejado Don Quijote?, diréis. Y os diré que se ha dejado a sí mismo y que un hombre, un hombre vivo y eterno, vale por todas las teorías y por todas las filosofías. Otros pueblos nos han dejado sobre todo instituciones, libros; nosotros hemos dejado almas. Santa Teresa vale por cualquier instituto, por cualquier Crítica de la razón pura.”

(Miguel de Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos)

miércoles, 1 de julio de 2009

Maquiavelo: "De qué modo han de guardar los príncipes la palabra dada"

Cuán loable es en un príncipe mantener la palabra dada y comportarse con integridad y no con astucia, todo el mundo lo sabe. Sin embargo, la experiencia muestra en nuestro tiempo que quienes han hecho grandes cosas han sido los príncipes que han tenido pocos miramientos hacia sus propias promesas y que han sabido burlar con astucia el ingenio de los hombres. Al final han superado a quienes se han fundado en la lealtad.

Debéis, pues, saber que existen dos formas de combatir: la una con las leyes, la otra con la fuerza. La primera es propia del hombre, la segunda de las bestias; pero como la primera muchas veces no basta, conviene recurrir a la segunda. Por tanto, es necesario a un prín¬cipe saber utilizar correctamente la bestia y el hombre. Este punto fue enseñado veladamente a los príncipes por los antiguos autores, los cuales escriben cómo Aquiles y otros muchos de aquellos príncipes antiguos fueron entregados al centauro Quirón para que los educara bajo su disciplina. Esto de tener por preceptor a alguien medio bestia y medio hombre no quiere decir otra cosa sino que es necesario a un príncipe saber usar una y otra naturaleza y que la una no dura sin la otra.

Estando, por tanto, un príncipe obligado a saber utilizar correctamente la bestia, debe elegir entre ellas la zorra y el león, porque el león no se protege de las trampas ni la zorra de los lobos. Es necesario, por tanto, ser zorra para conocer las trampas y león para amedrentar a los lobos. Los que solamente hacen de león no saben lo que se llevan entre manos. No puede, por tanto, un señor prudente -ni debe- guardar fidelidad a su palabra cuando tal fidelidad se vuelve en contra suya y han desaparecido los motivos que determinaron su promesa. Si los hombres fueran todos buenos, este precepto no sería correcto, pero -puesto que son malos y no te guardarían a ti su palabra- tú tampoco tienes por qué guardarles la tuya. Además, jamás faltaron a un príncipe razones legítimas con las que disfrazar la violación de sus promesas. Se podría dar de esto infinitos ejemplos modernos y mostrar cuántas paces, cuántas promesas han permanecido sin ratificar y estériles por la infidelidad de los príncipes; y quien ha sabido hacer mejor la zorra ha salido mejor librado. Pero es necesario saber colorear bien esta naturaleza y ser un gran simulador y disimulador: y los hombres son tan simples y se someten hasta tal punto a las necesidades presentes, que el que engaña encontrará siempre quien se deje engañar.

Maquiavelo, "Capítulo XVIII: De qué modo han de guardar los príncipes la palabra dada", en El Príncipe.

domingo, 7 de junio de 2009

Un encuentro

En todos los cuadros de Breleur, la luna, en forma de cruasán, está en posición horizontal, con sus dos extremidades apuntando hacia arriba, como una góndola flotando en las olas de la noche. No es una fantasía del pintor, en Martinica la luna es realmente así. En Europa, el cruasán está de pie: combativo, como un feroz animalito sentado, listo para saltar, o también, si quieren, como una guadaña perfectamente afilada; la luna de Europa es la de guerra. En Martinica, es apacible. Tal vez por eso Ernest (Breleur) le ha prestado un color cálido, dorado; en sus cuadros míticos, representa una felicidad inaccesible.

Es curioso: lo comento con algunos martiniqueses y compruebo que no saben cuál es el aspecto concreto de la luna en el cielo. Pregunto a los europeos: ¿se acuerdan de la luna en Europa? ¿Qué forma tiene cuando llega y cuando se va? No lo saben. El hombre ya no mira al cielo.

Ignorada, la luna ha bajado a los cuadros de Breleur. Pero los que ya no la ven en el cielo tampoco la verán en los cuadros. Estás solo, Ernest. Solo como Martinica en medio de las aguas. Solo como la concupiscencia de Depestre en el monasterio del comunismo. Solo como un cuadro de Van Gogh bajo la mirada idiota de los turistas. Solo como la luna que nadie ve.

Milan Kundera, Un encuentro.

Texto dedicado a un kiri que nunca ha dejado de mirar al cielo y que todavía puede ver la luna. ^^

lunes, 25 de mayo de 2009

La vida está en otra parte

"Caía hacia abajo a través de sus sueños.

El momento más hermoso era cuando un sueño todavía duraba, pero ya alumbraba tras el otro, en el que se despertaba.

Las manos que lo acariciaban en el momento en que se hallaba inmerso en el paisaje montañoso pertenecían ya a la mujer del sueño en el que volvía a caer, pero Xavier aún no sabía nada de eso, de modo que aquellas manos existen ahora por sí mismas; son unas manos mágicas en un espacio vacío; unas manos entre dos historias, entre dos vidas; unas manos que no habían sido deterioradas por un cuerpo ni por una cabeza.

¡Ojalá dure eternamente esta caricia de las manos sin cuerpo!"

Milan Kundera, La vida está en otra parte.

lunes, 6 de abril de 2009

Por qué no soy cristiano

"Mi punto de vista ante la religión es el de Lucrecio. La considero como una enfermedad nacida del miedo, y como una fuente de indecible miseria para la raza humana. No puedo, sin embargo, negar que ha contribuido en parte a la civilización. Primitivamente ayudó a fijar el calendario, e hizo que los sacerdotes egipcios escribieran la crónica de los eclipses con tal cuidado que con el tiempo pudieron predecirlos. Estoy dispuesto a reconocer estas dos contribuciones, pero no reconozco otras".

Bertrand Russell, Por qué no soy cristiano.

sábado, 28 de marzo de 2009

La Ciudad de Dios

"Si me engaño, existo; pues quien no existe no puede tampoco engañarse; y por esto, si me engaño, existo. Entonces, puesto que si me engaño existo, ¿cómo me puedo engañar sobre la existencia, siendo tan cierto que existo si me engaño? Por consiguiente, como sería yo quien se engañase, aunque se engañase, sin duda en el conocer que me conozco, no me engañaré. Pues conozco que existo, conozco también esto mismo, que me conozco".

San Agustín, La Ciudad de Dios, Libro XI.

jueves, 19 de marzo de 2009

La amistad y la guerra

Las cosas muchas veces no son lo que parecen, por eso esta historia, aunque pudiera pensarse que trata sobre baloncesto, en realidad, si sigues leyendo hasta el final, verás que cuenta algunas miserias de la especie humana.

Debemos situarnos en el año 1989. En esa época ocurrían hechos como el accidente del Exxon Valdez, que vertió frente a las costas de Alaska 36000 toneladas de petróleo, la matanza de estudiantes en la plaza de Tiananmenn en China, la sonda espacial Voyager II llegó a Neptuno, el Dalai Lama fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz, etc.

Pero no es de todas esas efemérides de las que quiero hablar. Al sur de Croacia, por entonces parte de la antigua Yugoslavia, en una región llamada Dalmacia, bañada por el mar Adriático, hay una ciudad llamada Split. Hasta ese año era prácticamente desconocida, pero a partir de la primavera iba a ser conocida en toda Europa.

En esa ciudad portuaria había un grupo de jóvenes adolescentes que desde niños habían jugado juntos al baloncesto, soñando con llegar a dedicarse profesionalmente a este deporte. Eran realmente buenos y a pesar de su juventud jugaban en el equipo de su ciudad llamado Jugoplastika de Split. Ese año de 1989, aunque todo el mundo pensaba que eran un equipo tan entusiasta como carente de posibilidades, llegaron a jugar la final de la Copa de Europa (ahora llamada Euroliga). Nadie apostaba por ellos, decían que les faltaba calidad, que no tenían experiencia y muchas otras cosas más. Ganaron.

Al año siguiente la mayoría de sabios en la materia dijeron que era imposible que volvieran a repetir su éxito. Dijeron que habían tenido suerte, que el año pasado el solo hecho de jugar la final ya era suficiente éxito, por lo que no habían tenido presión, que se aprovecharon de que nadie conocía cómo jugaban, etc. Ganaron.

Entonces los grandes equipos europeos tuvieron que reconocer la valía de esos casi adolescentes que jugaban juntos desde niños. ¿Qué hicieron? La respuesta es fácil. Ofrecieron mucho dinero para que abandonaran su equipo de toda la vida y se fueran a jugar al extranjero, cosa que algunos hicieron.

Al siguiente año, 1991, nadie apostaba por ellos, ya que el equipo había perdido a algunas de sus figuras. Por tercer año consecutivo jugaron la final de la Copa de Europa. Ganaron.

A finales de ese año, los protagonistas de esa historia descubrieron que no eran jóvenes deportistas que habían estado jugando juntos toda su vida, sino serbios que jugaban al baloncesto, croatas que jugaban al baloncesto, etc.

Se iniciaba la guerra en la antigua Yugoslavia. El equipo se deshizo y esos jóvenes que tanto habían soñado juntos y cuyos sueños se habían hecho realidad, se pelearon y, según algunas fuentes, llegaron a agredirse físicamente entre ellos. Sus familias y ellos mismos recibieron amenazas de muerte por haber compartido equipo con serbios, croatas, eslovenos, bosnios, etc. Todos tuvieron que marcharse al extranjero para poder hacer aquello que era lo único que los hacía felices, seguir jugando al baloncesto. Nunca volvieron a compartir equipo aquellos que no pertenecían a la misma república de la antigua Yugoslavia.

Solamente algunos de nuestros protagonistas llegaron a formar parte de la lista de los mejores jugadores de la historia, pero todos sin excepción fueron víctimas de la estupidez humana.

Los componentes de ese equipo mítico durante esos tres años fueron: Toni Kukoc, Dino Radja, Zan Tabak, Zoran Savic, Velimir Perasovic, Dusko Ivanovic, Goran Sobin, Petar Naumoski, Luka Pavicevic, Zoran Sretenovic, Aramis Naglic, Pasko Tomic, Teo Cizmic e Ivica Buric.


Escrito por Manuel Silva Santa, gran persona y mejor amigo.