sábado, 20 de septiembre de 2008

Concurso: ¿Cuál es el mejor comienzo de una novela escrita en castellano?

El otro día me envió una amiga el texto de un concurso que se ha organizado para elegir la mejor primera frase de una novela escrita en castellano. El texto es el siguiente:

La Sociedad de Filosofía de la Provincia de Alicante os propone una bonita actividad para comenzar el curso. Se trata de una valoración estética: ¿cuál consideras el más brillante comienzo de una novela en lengua castellana?

En Alemania se realizó esta pregunta el año pasado, en una iniciativa organizada por la Fundación Lectura y la Iniciativa por la Lengua Alemana. La votación para proponer una frase estaba abierta al público, y se recibieron más de 17.000 propuestas. Sobre éstas, un jurado de cinco personas otorgaría los premios. (El jurado estaba presidido por la presidenta del Instituto Goethe). Los expertos en literatura alemana pronosticaron que, sin duda alguna, la ganadora sería la primera frase de La Metamorfosis de Kafka (de 1915). Se equivocaron, ésta ocupó el segundo lugar; la frase, para quien no la conozca, suena así:

Cuando Gregor Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.

(Als Gregor Samsa eines Morgens aus unruhigen Träumen erwachte, fand er sich in seinem Bett zu einem ungeheueren Ungeziefer verwandelt.)

El primer premio fue a parar, sorpresivamente, para el comienzo de El Rodaballo (Der Butt), una novela de Günther Grass (de 1972). La sugerencia había llegado de un joven de Viena. Se trata de una extensa novela – más de 700 páginas – , cuya temática gira en torno a la cocina. La frase en cuestión es la siguiente:

Ilsebill volvió a salar.

(Ilsebill salzte nach.)

La misma pregunta se hicieron los críticos literarios de la American Book Review. Si bien no se limitaron al ámbito anglohablante, salta a la vista que la lengua inglesa resultaba hegemónica en la lista. La ganadora resultó ser la, tan potente en su simpleza, primera frase de Moby Dick (1891):

Llamadme Ismael.

(Call me Ishmael).

Apareció en segundo lugar el comienzo de Orgullo y Prejuicio (1813), de Jane Austen:

Es una verdad universalmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa.

(It is a truth universally acknowledged, that a single man in possession of a good fortune, must be in want of a wife.)

(Estos críticos eligieron, por orden, los 100 mejores comienzos, podéis verlos en su página web: http://americanbookreview.org/100BestLines.asp)

¿Qué decir de nuestra lengua? Todo indica que la ganadora debe ser la mundialmente célebre:

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.

(Por cierto, ésta ocupó el lugar 27 de la lista elaborada por la American Book Review).

Por otro lado, aparece, también, como clara candidata la frase que abre Cien Años de Soledad (1967):

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.


Otros no resultan tan líricos, pero tienen fuerza:

La muy puta conducía a toda velocidad. (De Consejos de un discípulo de Morrison a un fan de Joyce, de R. Bolaño).

Otra frase muy citada en estas listas es el comienzo de Rayuela, de J. Cortázar:

¿Encontraría a La Maga?

O, como no:

La heroica ciudad dormía la siesta… (La Regenta, de Clarín).


Pues bien, la SFPA os pregunta ahora: ¿CUÁL ES EL MEJOR COMIENZO DE UNA NOVELA ESCRITA EN CASTELLANO? Aquí no habrá jurado, sino democrática elección. El procedimiento será el siguiente:

1) Envía tu propuesta en un mail a la siguiente dirección: sfpa@fpa.es. Sólo es necesario poner en el asunto: “Mejor comienzo de novela”, y en el texto, la novela, el autor y, claro, la frase en cuestión. Tenemos para enviarlo hasta el 1 de noviembre. Entonces,

2) Las cinco más votadas se publicarán en la página o en el blog de la Sociedad y se podrá votar sobre éstas durante un mes. Al mes, sabremos algo más sobre nuestros gustos literarios.

¡Participa! ¡Anima a tus amigos y compañeros de trabajo, publica esto en tu blog, díselo a tus alumnos!

viernes, 5 de septiembre de 2008

El arte de tener razón (II)


Estratagema 2.

Utilizar la homonimia para extender la afirmación planteada a aquello que, fuera de que la palabra sea la misma, tiene poco o nada en común con la cosa de la que se trata, después negar esto triunfalmente para dar así la impresión de que se ha refutado la afirmación.

Nota: sinónimas son dos palabras que expresan el mismo concepto; homónimos, dos conceptos designados por la misma palabra. Véase Aristóteles (Tópicos, libro I, capítulo 13). Profundo, cortante o alto, empleados bien sea para cuerpos, bien para sonidos, son homónimos. Leal y sincero son sinónimos.

Omne lumen potest extingui;
Intellectus est lumen;
Intellectus potest extingui.

(Toda luz puede extinguirse.
La inteligencia es luz.
La inteligencia puede extinguirse.)

Aquí se observa de inmediato que existen cuatro termini: lumen en sentido propio y lumen en sentido figurado. Pero en algunos casos sutiles logra engañar a pesar de todo, a saber, cuando los conceptos que se designan mediante la misma expresión están emparentados y se superponen.

Ejemplo 1. (Los casos inventados a propósito no son nunca lo bastante sutiles como para poder engañar; por tanto, es preciso tomarlos de la propia experiencia real. Estaría muy bien que se pudiera dar a cada estratagema un nombre conciso y certero mediante el cual, llegado el caso, se pudiera rechazar en el acto el uso de esta o aquella estratagema.)

A: "Usted no está iniciado en los misterios de la filosofía kantiana".
B: "Ah, no quiero saber nada de algo donde hay misterios".

Ejemplo 2. Yo criticaba por irracional el principio del honor, conforme al cual una ofensa recibida deshonra a no ser que se conteste con una ofensa mayor o que se lave con sangre, sea la del contrario o la propia; como razón aduje que el verdadero honor no puede ser herido por lo que uno sufra, sino únicamente por lo que uno haga, pues a cualquiera puede ocurrirle cualquier cosa. El adversario atacó directamente mi razón: me mostró triunfalmente que cuando se acusa en falso a un comerciante de engaño, falta de honradez o negligencia en su negocio, esto es un ataque a su honor, que en este caso es herido exclusivamente por lo que padece y solo puede ser reparado si consigue castigar y fuerza a retractarse a semejante agresor.

Aquí, pues, mediante homonimia, suplantó el honor burgués, que por lo demás se conoce como buen nombre y que puede ser manchado por la calumnia, por el concepto de honor caballeresco, que por lo demás también se denomina point d'honeur y que puede ser manchado por ofensas. Y como no puede dejarse pasar un ataque al primero, sino que debe ser rechazado consiguiendo la retractación pública, con el mismo derecho no puede dejarse pasar un ataque al último, sino que debe rechazarse mediante una ofensa mayor y el duelo. Es decir, se mezclan dos cosas esencialmente distintas mediante la homonimia de la palabra honor: de ahí una mutatio controversiae (cambio del tema en discusión), obtenida a través de la homonimia.

Arthur Schopenhauer, El arte de tener razón.