sábado, 20 de diciembre de 2008

Aclaración

Aclaración, de Juan José Millás, texto publicado en el diario El País.

A ver si nos ponemos de acuerdo con el significado de las palabras porque esto empieza a parecer la Torre de Babel. Esos chicos que se encadenan a las puertas de una reunión del G-8 no son antisistema. Por el contrario, lo fortalecen al dar trabajo a la policía. Antisistema es el que bombardea un país entero amparado en una documentación falsa fabricada por él mismo. Antisistema es el cómplice de esa acción. Antisistema es el que colabora en el traslado ilegal de seres humanos secuestrados a punta de pistola para ser torturados en agujeros antisistema como Guantánamo. Antisistema es el juez que en vez de comportarse como un poder del Estado hace declaraciones propias de un tonto del culo. Antisistema es el que pretende convertir a la Universidad en la correa de transmisión de los intereses empresariales. Antisistema es el banquero que da préstamos a personas que no tienen ninguna posibilidad de devolverlos. Antisistema es el tasador que valora en 100 un piso de 70. Antisistema son las personas de orden como Madoff, con el que hasta hace cuatro días querían cenar hasta los obispos. Antisistema, por cierto, son los obispos y arzobispos pederastas y quienes les protegen para que no vayan a la cárcel. Antisistema es, por ejemplo, el presidente de la Comunidad de Valencia, que ha estado boicoteando durante tres meses una asignatura (dos, si contamos el inglés) que forma parte del currículum escolar. Antisistema es quien pone sus intereses particulares por encima de la lucha antiterrorista (Aguirre, sin ir más lejos). Antisistema son los supervisores, los gestores, los auditores y los custodios que han estado mirando hacia otro lado. Antisistema es el que presta el dinero gratis, revelando así su auténtico valor de mierda. Antisistema, en fin, es el sistema, que viene a ser lo mismo que si el hígado fuera antihígado.

Juan José Millás, Aclaración,
diario El País, 19 de diciembre de 2008.

martes, 16 de diciembre de 2008

Yo quiero ser cómico


YO QUIERO SER CÓMICO,
de Mariano José de Larra.

No fuera yo Fígaro, ni tuviera esa travesura y maliciosa índole que malas lenguas me atribuyen, si no sacara a la luz pública cierta visita que no ha muchos días tuve en mi propia casa.

Columpiábame en mi mullido sillón, de estos que dan vueltas sobre su eje, los cuales son especialmente de mi gusto por asemejarse en cierto modo a muchas gentes que conozco, y me hallaba en la mayor perplejidad sin saber cuál de mis numerosas apuntaciones elegiría para un artículo que no me correspondía injerir aquel día en la Revista. Quería yo que fuese interesante sin ser mordaz, y conocía toda la dificultad de mi empeño, y sobre todo que fuese serio, porque no está siempre un hombre de buen humor, o de buen talante, para comunicar el suyo a los demás. No dejaba de atormentarme la idea de que fuese histórico, y por consiguiente verídico, porque mientras yo no haga más que cumplir con las obligaciones de fiel cronista de los usos y costumbres de mi siglo, no se me podrá culpar de mal intencionado, ni de amigo de buscar pendencias por una sátira más o menos.

Hallábame, como he dicho, sin saber cuál de mis notas escogería por más inocente, y no encontraba por cierto mucho que escoger, cuando me deparó felizmente la casualidad materia sobrada para un artículo, al anunciarme mi criado a un joven que me quería hablar indispensablemente.

Pasó adelante el joven haciéndome una cortesía bastante zurda, como de hombre que necesita y estudia en la fisonomía del que le ha de favorecer sus gustos e inclinaciones, o su humor del momento, para conformarse prudentemente con él; y dando tormento a los tirantes y rudos músculos de su fisonomía para adoptar una especie de careta que desplegase a mi vista sentimientos mezclados de afecto y de deferencia, me dijo con voz forzadamente sumisa y cariñosa:

-¿Es usted el redactor llamado Fígaro?

-¿Qué tiene usted que mandarme?

-Vengo a pedirle un favor... ¡Cómo me gustan sus artículos de usted!

-Es claro... Si usted me necesita...

-Un favor de que depende mi vida acaso... ¡Soy un apasionado, un amigo de usted!

-Por supuesto... siendo el favor de tanto interés para usted...

-Yo soy un joven...

-Lo presumo.

-Que quiero ser cómico, y dedicarme al teatro.

-¿Al teatro?

-Sí, señor... como el teatro está cerrado ahora...

-Es la mejor ocasión.

-Como estamos en cuaresma, y es la época de ajustar para la próxima temporada cómica, desearía que usted me recomendase...

-¡Bravo empeño! ¿A quién?

-Al Ayuntamiento.

-¡Hola! ¿Ajusta el Ayuntamiento?

-Es decir, a la empresa.

-¡Ah! ¿Ajusta la empresa?

-Le diré a usted... según algunos, esto no se sabe... pero... para cuando se sepa.

-En ese caso, no tiene usted prisa, porque nadie la tiene...

-Sin embargo, como yo quiero ser cómico...

-Cierto. ¿Y qué sabe usted? ¿Qué ha estudiado usted?

-¿Cómo? ¿Se necesita saber algo?

-No; para ser actor, ciertamente, no necesita usted saber cosa mayor...

-Por eso; yo no quisiera singularizarme; siempre es malo entrar con ese pie en una corporación.

-Ya le entiendo a usted; usted quisiera ser cómico aquí, y así será preciso examinarle por la pauta del país. ¿Sabe usted castellano?

-Lo que usted ve..., para hablar; las gentes me entienden...

-Pero la gramática, y la propiedad, y...

-No, señor, no.

-Bien, ¡eso es muy bueno! Pero sabrá usted desgraciadamente el latín, y habrá estudiado humanidades, bellas letras...

-Perdone usted.

-Sabrá de memoria los poetas clásicos, y los comprenderá, y podrá verter sus ideas en las tablas.

-Perdone usted, señor. Nada, nada. ¿Tan poco favor me hace usted? Que me caiga muerto aquí si he leído una sola línea de eso, ni he oído hablar tampoco... Mire usted...

-No jure usted. ¿Sabe usted pronunciar con afectación todas las letras de una palabra, y decir unas voces por otras, «actitud» por «aptitud», y «aptitud» por «actitud», «diferiencia» por «diferencia», «háyamos» por «hayamos», «dracmático» por «dramático», y otras semejantes?

-Sí, señor, sí, todo eso digo yo.

-Perfectamente; me parece que sirve usted para el caso. ¿Aprendió usted historia?

-No, señor; no sé lo que es.

-Por consiguiente, no sabrá usted lo que son trajes, ni épocas, ni caracteres históricos...

-pág. 386-
-Nada, nada, no señor.

-Perfectamente.

-Le diré a usted...; en cuanto a trajes, ya sé que en siendo muy antiguo, siempre a la romana.

-Esto es: aunque sea griego el asunto.

-Sí señor: si no es tan antiguo, a la antigua francesa o a la antigua española; según... ropilla, trusas, capacete, acuchillados, etc. Si es más moderno o del día, levita a la Utrilla en los calaveras, y polvos, casacón y media en los padres.

-¡Ah! ¡Ah! Muy bien.

-Además, eso en el ensayo general se le pregunta al galán o a la dama, según el sexo de cada uno que lo pregunta, y conforme a lo que ellos tienen en sus arcas, así...

-¡Bravo!

-Porque ellos suelen saberlo.

-¿Y cómo presentará usted un carácter histórico?

-Mire usted; el papel lo dirá, y luego, como el muerto no se ha de tomar el trabajo de resucitar sólo para desmentirle a uno... Además, que gran parte del público suele estar tan enterada como nosotros...

-¡Ah!, ya... Usted sirve para el ejercicio. La figura es la que no...

-No es gran cosa; pero eso no es esencial.

-Y de educación, de modales y usos de sociedad, ¿a qué altura se halla usted?

-Mal; porque si va a decir verdad, yo soy un pobrecillo: yo era escribiente en una mala administración; me echaron por holgazán, y me quiero meter a cómico porque se me figura a mí que es oficio en que no hay nada que hacer...

-Y tiene usted razón.

-Todo lo hace el apunte, y... por consiguiente, no conozco esos señores usos de sociedad que usted dice, ni nunca traté a ninguno de ellos.

-Ni conocerá usted el mundo, ni el corazón humano.

-Escasamente.

-¿Y cómo representará usted tantos caracteres distintos?

-Le diré a usted: si hago de rey, de príncipe o de magnate, ahuecaré la voz, miraré por encima del hombro a mis compañeros, mandaré con mucho imperio...

-Sin embargo, en el mundo esos personajes suelen ser muy afables y corteses, y como están acostumbrados, desde que nacen, a ser obedecidos a la menor indicación, mandan poco y sin dar gritos...

-Sí, pero ¡ya ve usted!, en el teatro es otra cosa.

-Ya me hago cargo.

-Por ejemplo, si hago un papel de juez, aunque esté delante de señoras o en casa ajena, no me quitaré el sombrero, porque en el teatro la justicia está dispensada de tener crianza; daré fuertes golpes en el tablero con mi bastón de borlas, y pondré cara de caballo, como si los jueces no tuviesen entrañas...

-No se puede hacer más.

-Si hago de delincuente me haré el perseguido, porque en el teatro todos los reos son inocentes...

-Muy bien.

-Si hago un papel de pícaro, que ahora están en boga, cejas arqueadas, cara pálida, voz ronca, ojos atravesados, aire misterioso, apartes melodramáticos... Si hago un calavera, muchos brincos y zapatetas, carreritas de pies y lengua, vueltas rápidas y habla ligera... Si hago un barba, andaré a compás, como un juego de escarpias, me temblarán siempre las manos como perlático o descoyuntado; y aunque el papel no apunte más de cincuenta años, haré del tarado y decrépito, y apoyaré mucho la voz con intención marcada en la moraleja, como quien dice a los espectadores: «Allá va esto para ustedes».

-¿Tiene usted grandes calvas para las barbas?

-¡Oh!, disformes; tengo una que me coge desde las narices hasta el colodrillo; bien que ésta la reservo para las grandes solemnidades. Pero aun para diario tengo otras, tales que no se me ve la cara con ellas.

-¿Y los graciosos?

-Esto es lo más fácil: estiraré mucho la pata, daré grandes voces, haré con la cara y el cuerpo todos los raros visajes y estupendas contorsiones que alcance, y saldré vestido de arlequín...

-Usted hará furor.

-¡Vaya si haré! Se morirá el público de risa, y se hundirá la casa a aplausos. Y especialmente, en toda clase de papeles, diré directamente al público todos los apartes, monólogos, gracias y parlamentos de intención o lucimiento que en mi parte se presenten.

-¿Y memoria?

-No es cosa la que tengo; y aun esa no la aprovecho, porque no me gusta el estudio. Además, que eso es cuenta del apuntador. Si se descuida, se le lanzan de vez en cuando un par de miradas terribles, como diciendo al público: «¡Ven ustedes qué hombre!»

-Esto es; de modo que el apuntador vaya tirando del papel como de una carreta, y sacándole a usted la relación del cuerpo como una cinta. De esa manera, y hablando él altito, tiene el público el placer de oír a un mismo tiempo dos ejemplares de un mismo papel.

-Sí, señor; y, en fin, cuando uno no sabe su relación, se dice cualquier tontería, y el público se la ríe. ¡Es tan guapo el público! ¡Si usted viera!

-Ya sé, ¡ya!

-Vez hay que en una comedia en verso añade uno un párrafo en prosa: pues ni se enfada, ni menos lo nota. Así es que no hay nada más común que añadir...

-¡Ya se ve, que hacen muy bien! Pues, señor, usted es cómico, y bueno. ¿Usted ha representado anteriormente?

-¡Vaya! En comedias caseras. He alborotado con el García y el Delincuente honrado.

-No más, no más; le digo a usted que usted será cómico. Dígame usted, ¿sabrá usted hablar mal de los poetas y despreciarlos, aunque no los entienda; alabar las comedias por el lenguaje, aunque no sepa lo que es, o por el verso, mas que no entienda siquiera lo que es prosa?

-¿Pues no tengo de saber, señor? Eso lo hace cualquiera.

-¿Sabrá usted quejarse amargamente, y entablar una querella criminal contra el primero que se atreva a decir en letras de molde que usted no lo hace todas las noches sobresalientemente? ¿Sabrá usted decir de los periodistas que quién son ellos para...?

-Vaya si sabré; precisamente ése es el tema nuestro de todos los días. Mande usted otra cosa.

Al llegar aquí no pude ya contener mi gozo por más tiempo, y arrojándome en los brazos de mi recomendado:

-¡Venga usted acá, mancebo generoso! -exclamé todo alborozado-; ¡venga usted acá, flor y nata de la andante comiquería!: usted ha nacido en este siglo de hierro de nuestra gloria dramática para renovar aquel siglo de oro, en que sólo comían los hombres bellotas y pacían a su libertad por los bosques, sin la distinción del tuyo y del mío. Usted será cómico, en fin, o se han de olvidar las reglas que hoy rigen en el ejercicio.

Diciendo estas y otras razones, despedí a mi candidato prometiéndole las más eficaces recomendaciones.

sábado, 6 de diciembre de 2008

El capitalismo

El artículo siguiente fue publicado por Juan José Millás en el diario El País, el día 5 de diciembre de 2008:

Mi cuñado propuso que brindáramos por la defunción del capitalismo, como suena, y por el regreso de Marx, que estaba al caer. Pero si el capitalismo ha muerto, dije yo, por qué Botín tiene tan buen aspecto. Me miró con un poco de lástima, como si yo fuera un pesado al que hubiera que explicarle todo siete veces, y me acusó de anticlerical anarcoide (siempre me llama anticlerical anarcoide, venga o no a cuento). Luego dijo que le pusiera otro gin tonic con menos hielo, para que no se le aguara. Cuando regresé con la bebida le pregunté por qué continuábamos comiendo sardinas si el capitalismo había muerto y dijo que porque eran buenas para el colesterol, como todo el pescado azul. Yo seguía sin verlo claro. El capitalismo había tropezado, de acuerdo, pero quienes se estaban dando de bruces contra el suelo éramos nosotros. De todos modos me callé, para no discutir. Al rato, y dado que me miraba de forma retadora, como invitándome a que continuara despejando mis dudas, le pregunté si aboliríamos por fin la propiedad privada (mi cuñado tiene un apartamento en Torrevieja, además del piso de Madrid), y me dijo que no, que evolucionaríamos hacia un modelo mixto de socialismo y economía de mercado, como los chinos. Entonces, por decir algo, dije que los chinos no tenían derechos humanos. Derechos humanos, derechos humanos, repitió él haciéndome burla, qué tendrá que ver la gimnasia con la magnesia, estamos hablando de economía, chaval, no de mariconadas, y esta ginebra es una mierda. La ginebra era normal, ni cara ni barata. Además, sólo la compraba por él, porque yo no bebo. En esto, entró mi mujer y preguntó de qué hablábamos. Del hundimiento del capital, dije yo, y de la abolición de la propiedad privada. Pues dejadlo para luego, dijo ella, y preparad la mesa, que está a punto de salir la primera tanda de sardinas.

Juan José Millás, artículo publicado en el diario El País,
5 de diciembre de 2008.

martes, 2 de diciembre de 2008

Esperanza unida

A continuación os dejo un relato por el que he obtenido una mención especial castellano en un concurso de comisiones obreras. El relato no es gran cosa, pero me hizo ilusión cuando me llamaron para decirme que me daban este reconocimiento, y por eso os lo dejo aquí por si queréis echarle un vistazo. Se titula Esperanza unida, y la página web del concurso es la siguiente: http://www.fundacionjuanmunizzapico.org/


Febrero de 1947. Hace frío, tanto frío que ni los habitantes más viejos del lugar son capaces de recordar nada igual. El viento hiela las calles de aquel pequeño pueblo de montaña cada vez más desierto. El Sol, apenas visible en lo alto del cielo, deja caer pequeños rayos de luz que hacen despertar un atisbo de esperanza en los pocos pueblerinos que han decidido no emigrar a la gran ciudad.

En una pequeña casa situada al final del pueblo vive María, una viuda de algo más de cuarenta años, que en estos momentos prepara la comida para su hijo. Alguien llama a su puerta y ella va a abrir de inmediato. Es un oficial del ejército.

-Buenos días, oficial. ¿Qué le trae por aquí?

-Tan solo pasaba por el pueblo, a ver qué tal iban las cosas.

-¿Y qué tal van?

-No puedo quejarme.

-¿Desea algo?

-No, nada. Bueno… hace mucho frío ahí afuera, ya sabe.

-¿Le apetece un café?

-Sí, gracias. Eso estaría bien.

El oficial entra al interior de la casa y cierra la puerta a sus espaldas, mientras María prepara el café en la cocina. Durante esos momentos, el oficial aprovecha para curiosear las fotos que adornan las viejas estanterías de la sala de estar.

-¿Este es su hijo? –dice señalando una foto casi reciente.

-Sí, es mi hijo –contesta María, al tiempo que sirve el café del oficial.- Ahora está trabajando. Ya sabe, en la mina.

-Sí, toda la gente de este pueblo trabaja allí –dijo el oficial, que a continuación dio un sorbo de su taza de café- Hace un café espléndido.

-Gracias.

-Dígame, y su marido, ¿también trabaja en la mina?

-No, no. Mi marido murió.

-Oh, vaya, lo lamento mucho –dijo el oficial visiblemente apenado.- El trabajo en la mina es muy duro. Un día parece que todo está bien, y al día siguiente, sin previo aviso, hay un derrumbe, un escape de gas, o cualquier otra cosa, y se lleva la vida de cuantos obreros haya por delante. Bueno, usted ha de saberlo mejor que yo.

-Es un trabajo muy peligroso.

-Aun así, estará orgullosa de su marido. Ser minero es un trabajo de hombres de verdad. Su marido murió como un verdadero hombre. Casi como un héroe, diría yo.

-Murió como un héroe, sí. Pero mucho me temo que se está confundiendo usted, oficial, pues mi marido, aunque dedicó su vida entera al trabajo en la mina, no fue allí donde murió.

-¿Y cómo murió?

-Me lo mataron ustedes –dijo María mirando a los ojos del oficial, que ante la ausencia de pensamientos sobre cómo actuar, optó por abandonar la casa en silencio.